La mayoría sabréis, si me conocéis, que me encantan las casualidades. También debo decir, que, normalmente, estoy rodeado de ellas. No sé si ellas me buscan a mi o si soy yo, que no paro de encontrarlas.
El sábado salí de fiesta, porque como sabemos, las casualidades no vienen a buscarte a casa, se encuentran ahí fuera, en la lluvia. Y ahí es donde fuimos, bajo la lluvia por las calles de Madrid, un amigo y yo. Entramos en unos bares buscando el mejor sitio para resguardarnos y a su vez, escuchar algo de buena música. Encontramos el lugar, una discoteca con música indie que nos ofreció un buen plan.
La noche iba transcurriendo tranquilamente, música, mucha gente y sin ningún altercado de gravedad. Salimos a que mi amigo fumara, porque todo el mundo sabe, que las casualidades vienen a pedir fuego o a veces, a pedir algún cigarrillo. No fue el caso, la casualidad estaba dentro de ese enorme recinto de luces. Volvimos a entrar y allí vi a mi casualidad. Tuve que mirar dos veces, porque pensé creí estar equivocado pero no.
Cabeza rapada, estatura media, y chaqueta azul marino. La misma chaqueta azul marino que hacía dos años. Me dirigí a él.
-Excuse moi, tu es français? - Disculpa, ¿eres francés?
-¿Arald? ¡Arald!
(abrazo [...] continúa la conversación)
David, un chico de la mismísima ciudad de Besançon. Francés como la baguette y el queso brie, estaba en la misma discoteca que yo, una lluviosa noche de noviembre en una ciudad a kilómetros de distancia de nuestras respectivas casas. Habíamos perdido el contacto durante este último año y aquí lo ves, estudiando este curso en Madrid.
Podéis llamarlo como queráis, pero a mi me gusta llamarlo casualidad.


